Recep Tayyip Erdogan
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Bloomberg Opinión — Es casi como si Turquía deseara una crisis económica. Amenazar con expulsar a los enviados de poderosos aliados días después de un recorte masivo y ampliamente ridiculizado de tasas de interés fue una receta para la caída de la moneda.

Eso es precisamente lo que obtuvo el presidente Recep Tayyip Erdogan: la lira ha bajado alrededor del 24% este año, lo que la convierte en la divisa de peor desempeño entre sus pares de mercados emergentes. Hay pocos buenos resultados para el país, incluso después de permitir cambios de algunas de las medidas más polémicas de Erdogan. La política monetaria y diplomática parece cada vez más impulsada por la necesidad de controversias.

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Erdogan dijo el sábado que los embajadores de 10 naciones, incluidos Estados Unidos, Alemania y Francia, ya no eran bienvenidos en Turquía después de que exigieron la liberación de un prominente empresario y filántropo. Los inversores están atentos a que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Turquía haga oficial la medida. Dilatar ese paso formal le da al presidente un camino para calmar la situación.

Si bien la pelea en el campo de la política exterior no está directamente relacionada con la reducción de la tasa de 200 puntos básicos de la semana pasada, tiene un propósito similar: la erosión de la confianza en la capacidad de Turquía para administrar las relaciones con el capital y los aliados. ¿Por qué Erdogan buscaría socavar la moneda, a menudo vista como un barómetro de la salud económica? Quizás esté tratando de subrayar, o fomentar, la idea de que fuerzas oscuras están tratando de atacar a Turquía, y él es el único que puede hacerles frente.

En este entorno, ¿pueden estar los controles de capital muy lejos? O eso, u otro zigzag podría estar a la vista, al menos en términos de política económica. Aunque los analistas esperaban alguna reducción en las tasas de interés después de una reciente pugna en el comité de políticas del banco central, el recorte fue mucho mayor de lo anticipado. Hay grandes problemas con flexibilizar la política monetaria de manera tan dramática: el que se cita con más frecuencia es que la inflación va en la dirección opuesta. Los precios al consumidor subieron un 19,6% en septiembre respecto al año anterior; la tasa de referencia se sitúa ahora en el 16%. Nadar contra corriente puede deleitar a Erdogan, pero también tiene un precio.

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Erdogan puede no estar necesariamente casado con esta postura. A fines del año pasado, descontento con la inflación y ansioso por reforzar una moneda que languidecía, el presidente instaló un gobernador del banco central que elevó las tasas agresivamente, hasta que fue demasiado lejos y fue despedido entre gallos y medianoche. Su sucesor, Sahap Kavcioglu, tardó un tiempo en deshacer ese arduo trabajo, pero parece haber captado el mensaje. Su decisión pudo haberse reducido a proteger su carrera o la lira. Si los eventos de la semana pasada demostraron algo, es que este último va a pagar el precio. El mes que viene, ¿quién sabe?

Es totalmente concebible que Turquía esté al borde de otro cambio. Pero con cada turno, la confianza de los inversores disminuye un poco más. Y el endurecimiento monetario podría verse como una rendición ante el establishment económico. Erdogan tiene una visión poco ortodoxa de que las altas tasas de interés causan, y no sofocan, la inflación. A veces ha dicho que el pensamiento monetario convencional es parte de un complot para socavar a Turquía.

Una cosa es pelear con científicos. Pero, ¿por qué Erdogan amenazaría con desatar la ira de los aliados más importantes de Turquía? Dice que el país ya no puede permitirse el lujo de recibir a los enviados después de que firmaran el llamado conjunto para la liberación de Osman Kavala, quien está acusado de participar en un fallido intento de golpe en 2016 contra el presidente. Kavala negó haber colaborado con seguidores del clérigo islámico Fethullah Gulen, quien vive en EE. UU. y que según Erdogan orquestó el intento de golpe de estado. Un académico turco en los EE.UU., Henri Barkey, está siendo juzgado en ausencia en las mismas audiencias.

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Erdogan parece dispuesto a hacer de la lira un daño colateral de sus objetivos políticos y retórica. Pero no tiene por qué ser así. Es probable que el crecimiento de Turquía este año sea bastante fuerte. La situación no es desesperada. Una reversión en la dirección económica y la adopción de mayores costos de endeudamiento posiblemente podrían venderse, al menos a los votantes que simpatizan con el presidente, como una inversión en la trayectoria de Turquía.

Mientras tanto, el tumulto continuará hasta que Erdogan decida que necesita una desescalada, antes de escalarla una vez más. Esta es la forma en que se comportan las repúblicas bananeras inseguras, no miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte o del Grupo de las 20 principales economías. No es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Erdogan ha tenido suficiente práctica.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.