Presidente de Irán
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Bloomberg Opinión — Cuando se reanudaron finalmente las negociaciones sobre el programa nuclear iraní, hubo dos ausencias notables en el lugar: Estados Unidos y el optimismo. Ante la insistencia de Teherán, Washington no estuvo en la mesa del hotel Palais Coburg de Viena y en su lugar se comunica a través de intermediarios europeos.

Esto es una pantomima envuelta en una farsa dentro de una farsa. Desde la anterior ronda de negociaciones, hace cinco meses, Irán ha señalado repetidamente que no se toma en serio el restablecimiento de su acuerdo de 2015 con las potencias mundiales, conocido como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por sus siglas en inglés). En todo caso, se ha esforzado por sabotear las conversaciones.

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La manifestación más obvia de esto es la negativa de Irán a hablar directamente con Estados Unidos, el único país con poder para resucitar el JCPOA. Para la República Islámica, el objetivo es la óptica: Puede regodearse en poner a Estados Unidos en el lugar de pecador por salirse del acuerdo en 2018. Si eso socava las posibilidades de un restablecimiento, eso está bien en Teherán.

Otra pista es la postura extrema que el régimen está adoptando de cara a las conversaciones. Insiste en que Estados Unidos levante todas las sanciones económicas, incluidas las relativas a violaciones no nucleares de las normas internacionales, como condición previa para que Irán vuelva a cumplir los términos del acuerdo. Y exige que el presidente Joe Biden ofrezca una garantía férrea de que un futuro ocupante de la Casa Blanca no hará como Donald Trump y rescindirá el acuerdo.

Si la primera de estas condiciones es absurda, la segunda es imposible. Biden es claramente sincero al querer que Estados Unidos vuelva a participar en el acuerdo, pero ningún presidente estadounidense puede garantizar que un sucesor no revalúe los términos y llegue a una conclusión diferente.

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Sin embargo, hay dos formas de minimizar las posibilidades de ese escenario. Irán podría buscar un tratado con Estados Unidos, lo que implicaría la ratificación de los términos por parte del Senado. O bien, Teherán podría desechar su programa nuclear, que persigue principalmente para amenazar a sus vecinos y al resto del mundo. Pero el régimen no ha mostrado interés en seguir ninguna de estas opciones.

Otro indicador de la actitud de Teherán hacia las conversaciones es el hombre elegido para dirigir la delegación iraní. En lugar de mantener el equipo que negoció con éxito el acuerdo de 2015, el presidente Ebrahim Raisi ha nombrado a Ali Bagheri Kani, un partidario de la línea dura y crítico del JCPOA. Esto envía el mismo mensaje que si Biden hubiera nombrado al senador republicano Tom Cotton, un halcón de Irán, para ser el principal negociador de Estados Unidos. (El interlocutor del presidente con Irán es Rob Malley, un miembro clave del equipo del JCPOA).

¿Por qué, uno se podría preguntar razonablemente, ha aceptado Irán reanudar las conversaciones? Porque el régimen considera que, mientras siga hablando, el gobierno de Biden se aferrará a la esperanza de que se pueda alcanzar un acuerdo nuclear y se abstendrá de imponer más sanciones. Las negociaciones intermitentes e interminables dan a la República Islámica cobertura para seguir enriqueciendo uranio a ritmos cada vez más rápidos, incumpliendo sus obligaciones del JCPOA.

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Irán ya está en camino de convertirse en un Estado en llegar al umbral nuclear, como Japón, Corea del Sur y Taiwán, pero infinitamente más amenazante para la estabilidad regional y la paz mundial. El Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, ha advertido que el tiempo que necesitará Teherán para fabricar un arma nuclear se reducirá pronto a una cuestión de semanas. El régimen sigue jugando a las escondidas con los inspectores de la agencia de vigilancia nuclear de las Naciones Unidas, permitiendo acceso suficiente a sus instalaciones nucleares conocidas para evadir la censura y más presión diplomática.

¿Puede Estados Unidos evitar un Irán nuclear o casi nuclear? Puede que ya sea demasiado tarde, pero el esfuerzo merece la pena. El gobierno de Biden debería empezar exigiendo que Estados Unidos se siente a la mesa en Viena, aunque el optimismo no lo haga.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.