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Bloomberg Opinión — La administración Trump legó a su sucesor muchos líos que limpiar. Pero en Medio Oriente, Biden recibió un legado de otro tipo: los Acuerdos de Abraham. Se trata de cuatro acuerdos de paz negociados entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Marruecos, Baréin y Sudán.

En 2020, cuando se firmaron los tratados, los sofisticados se burlaron de los acuerdos como una diplomacia destinada a darle a Trump (y al entonces primer ministro israelí Benjamin Netanyahu) noticias exitosas en política exterior en un año electoral. Por una vez, el cinismo estaba fuera de lugar. Este otoño boreal, la diplomacia ha comenzado a dar dividendos.

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La semana pasada, Israel y Jordania firmaron un acuerdo de energía por agua en Dubái que prevé que Israel cambie el agua desalinizada del Mediterráneo por electricidad solar generada en el vasto desierto de Jordania. Es el acuerdo más importante de este tipo desde que los dos países firmaron un acuerdo de paz hace 27 años. Se prevé que una empresa estatal de EAU, Masdar, construya de una nueva gran instalación de energía solar en Jordania, que debería estar lista para el 2026.

En la ceremonia de firma en Dubái, el enviado presidencial de EE.UU. para el clima, John Kerry, dijo que el acuerdo sería transformador. No se equivoca. Por supuesto, existen beneficios económicos y medioambientales. Desempeñará un papel importante en ayudar a Jordania a adaptarse al cambio climático y aumentar su suministro de agua. Y la electricidad vendida a Israel por US$180 millones al año contribuirá a los objetivos de Israel de diversificar sus fuentes de energía y construir el componente renovable en su combinación de energía.

Es difícil exagerar la importancia diplomática de estas medidas. Durante su mandato como secretario de Estado de Barack Obama, Kerry había descartado la posibilidad de acuerdos de paz entre árabes e israelíes sin antes satisfacer la demanda palestina de un estado independiente. “Una cosa que sí sabemos, y puedo decir con certeza”, dijo una vez a una audiencia en el Departamento de Estado, “los países árabes han dejado en claro que no harán la paz con Israel sin resolver el conflicto israelí-palestino”. Resulta que eso era demasiado pesimista.

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La administración Biden se aferra públicamente al dogma de que no se puede lograr la paz árabe-israelí sin antes satisfacer las demandas palestinas. El acuerdo en Dubái, sin embargo, muestra que la cooperación práctica se puede desvincular del conflicto palestino. El agua es una necesidad existencial para el Reino Hachemita y sus ciudadanos, incluso aquellos que odian a Israel. La desalinización consume mucha energía y es costosa, pero es una capacidad en la que Israel ha invertido mucho para satisfacer sus propias necesidades de agua. Tiene más sentido para Jordania comprar agua desalinizada de Israel que desarrollar su propia capacidad de desalinización.

El acuerdo aparentemente se basa en una propuesta presentada en un documento de diciembre de 2020 por parte de un equipo ambientalista jordano-palestino-israelí . Solo que en su versión final no hay un componente palestino. Esa puede ser una oportunidad perdida (como sugieren los autores de un artículo del Brookings Institute), pero dice algo sobre la situación actual en el Medio Oriente de que las viejas narrativas ideológicas ahora están siendo anuladas.

Una buena acción también tiende a engendrar otra aquí. Dos días después de la firma del acuerdo EAU-Jordania-Israel, el ministro de Defensa israelí Benny Gantz, acompañado por altos oficiales militares, llegó a Rabat para concluir la firma de un memorando de entendimiento sin precedentes con sus homólogos marroquíes.

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Las implicaciones de ese acuerdo también son considerables: ventas de armas y tecnología israelíes al ejército marroquí, más cooperación en el área de inteligencia y, quizás, asesoramiento para llevar a cabo la batalla en curso de Marruecos por el Sáhara Occidental. Israel tiene unos 700.000 ciudadanos con raíces marroquíes. Los Acuerdos de Abraham han hecho de los vuelos directos entre Tel Aviv y Casablanca un hecho cotidiano y los comerciales de televisión israelíes promocionan vacaciones en Marruecos como el próximo nuevo destino turístico.

Antes de los acuerdos, algunos países árabes tenían contactos de seguridad clandestinos con Israel. En el nuevo clima diplomático, están saliendo cada vez más del armario. A fines de octubre, la Fuerza Aérea de Israel invitó al comandante de la Fuerza Aérea de los Emiratos Árabes Unidos a asistir a un ejercicio de juegos de guerra bienal, que incluyó a EE.UU., Francia y otros cinco participantes oficiales. Sin previo aviso, Jordania también participó en el ejercicio. Un fotógrafo alemán publicó imágenes no autorizadas del despegue y aterrizaje del F-16 jordano en una base aérea israelí en el Negev.

Sudán, el cuarto miembro de los Acuerdos de Abraham, no ha hecho mucho para participar, en gran parte porque se encuentra en un estado de caos político. Pero los líderes de Israel y Sudán también están bien conectados; de hecho, tras un golpe militar en Sudán, la administración Biden supuestamente pidió a Israel que convenciera al nuevo dictador militar, el general Abdel Fattah al-Burhan, de restaurar el gobierno civil en Jartum.

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La administración Biden ha continuado sabiamente con los objetivos de los acuerdos. Demuestran que las relaciones cálidas y la cooperación estratégica entre Israel y los países árabes son alcanzables y deseables. Lo más importante es que los acuerdos ofrecen un modelo de cómo podría llegar a verse la paz en el Medio Oriente en general.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.